En el Archipiélago de Humo los mapas caducaban al anochecer. Las islas se desplazaban según las pérdidas de sus habitantes: un apellido olvidado podía mover una costa tres millas; una canción desaparecida abría un estrecho.
Luar trabajaba en la Oficina de Nombres, donde se registraban recuerdos para mantener el territorio estable. La mañana del equinoccio encontró su ficha vacía. Conservaba su nombre, pero no había constancia de que hubiera pertenecido a ninguna isla.
A mediodía las campanas anunciaron una costa nueva al norte. Tenía forma de mano abierta. Luar robó una brújula, un frasco de memoria pública y el único mapa que su madre le había prohibido mirar.
En el reverso encontró una frase escrita con su propia letra: «Cuando aparezca la quinta isla, no permitas que recuerden quién eres».
