Cuando la luna se rasgaba, llamaban a Sabina. Subía a los tejados con una escalera de hilo y un dedal de plata. Remendaba los eclipses antes de que la oscuridad pudiera caer dentro de las casas.
Una noche encontró en la grieta un ojo abierto. No pertenecía a ningún animal conocido. El ojo parpadeó y el cielo perdió una estrella.
Sabina comprendió que alguien estaba descosiendo la noche desde el otro lado. Pasó la aguja a través de la herida y sintió que tiraban del hilo. En lugar de resistirse, anudó su muñeca y saltó.
Desde entonces los eclipses duran unos minutos más. Los astrónomos hablan de órbitas. Las costureras saben que Sabina continúa forcejeando allá arriba para que la noche no se abra del todo.