Cádiz, 1812. Joaquín componía decretos durante el día y cartas prohibidas por la noche. No podía escribir abiertamente, así que escondía mensajes en las erratas: una letra invertida en cada página, leídas juntas, formaban instrucciones para cruzar la ciudad sitiada.
La mañana en que aprobaron la Constitución recibió el encargo de imprimir mil ejemplares. Entre los tipos de plomo encontró una nota de su hermana, desaparecida meses antes: «No corrijas la página doce».
Allí, la palabra nación tenía una letra desplazada. Joaquín siguió la secuencia y descubrió una dirección junto al puerto.
Aquella noche dejó las prensas funcionando. La libertad salía por una puerta convertida en papel; él fue a buscar la suya por otra.
