Querida persona que encuentre mi ventana:

No sé si seguirás viendo el patio o si la habrán apoyado contra una pared de almacén. Durante cincuenta y tres años miré a través de esos cristales. En la esquina inferior hay una burbuja que deforma el mundo: los gatos parecen tigres y la luna adquiere una segunda frente.

No limpies del todo la pintura azul. Debajo quedan marcas de las estaturas de mis hijos. Tampoco repares el cierre; aprendí a sostenerlo con una cuchara.

Mañana derribarán la casa. He podido llevarme los muebles, pero no la luz de las cinco. Si alguna tarde el sol dibuja sobre tu suelo un rectángulo dorado, siéntate dentro. No será mi casa, ni tu casa todavía. Será el único lugar donde podamos conocernos.

Con afecto,
La última habitante.