Don Laureano cartografiaba pérdidas. En sus mapas no aparecían ríos ni cordilleras, sino el lugar exacto donde una niña olvidó su primera palabra, la esquina en que un violinista dejó de creer en la música y el cajón que guardaba una llave sin puerta.

Una madrugada encontró una isla nueva en mitad del océano de las Promesas Incumplidas. Tenía el contorno de su propia casa. En el centro, una cruz roja señalaba la cocina. Laureano bajó con la lámpara y levantó una baldosa. Debajo había una carta sin abrir, escrita por él cuarenta años antes.

«Mañana me iré contigo», decía. La destinataria había esperado hasta que la espera se volvió otra forma de marcharse. Laureano añadió al mapa un puente muy fino. No sabía adónde conducía, pero por primera vez dejó el lápiz sobre la mesa, se puso el abrigo y salió antes del amanecer.