Demorarse no es llegar tarde. Es conceder a una experiencia el tiempo que necesita para revelar su segunda forma. La prisa reconoce una puerta; la demora descubre la temperatura del pomo, la marca junto a la cerradura y la duda anterior a entrar.

Hemos confundido rapidez con claridad. Contestamos antes de comprender, fotografiamos antes de mirar y resumimos libros que todavía no nos han cambiado. Sin embargo, las decisiones importantes fermentan. Una amistad, una página o un duelo poseen ritmos que se estropean cuando intentamos acelerarlos.

La demora no exige retirarse del mundo. Puede practicarse en medio de él: caminar una calle sin auriculares, escuchar una respuesta completa, dejar una frase reposar durante la noche. A veces, perder cinco minutos es la única manera de recuperar una hora.