El corazón venía con garantía de por vida. Cubría desgaste, decepciones, promesas rotas y hasta tres inviernos consecutivos.
Cuando dejó de latir por ella, fui a la tienda.
El dependiente examinó la grieta, consultó el contrato y sonrió con lástima.
—Lo siento. La garantía no cubre el uso correcto.


