Inés se quedó encerrada detrás del atlas de volcanes. A medianoche, la puerta se abrió y entraron un zorro con gafas, tres murciélagos y una familia de erizos.

No buscaban cuentos de animales. Preferían historias de humanos: niños que hacían deberes, abuelas que cocinaban sopa y personas que conseguían dormir sin colgarse del techo.

El zorro pidió ayuda para alcanzar un libro. Inés leyó en voz alta hasta el amanecer. Los animales escucharon fascinados cómo una niña encontraba valor para hablar en clase.

Antes de marcharse, le entregaron un carné plateado: «Lectora de ambas noches».

Desde entonces Inés visita la biblioteca después del cierre. Los humanos creen que practica lectura. Los animales saben que les está enseñando a ser valientes.