La última locomotora llegó a Valdemora diecisiete años después de que arrancaran las vías. Martina la oyó antes que nadie: un silbido largo, el temblor de las cucharillas y ese olor a hierro caliente que su madre llamaba nostalgia.
Salió al andén. La casa había sido estación antes de ser casa, y todavía conservaba el reloj detenido a las seis y doce. Frente a ella esperaba un tren negro, sin maquinista. De los vagones descendieron siete pasajeros con equipajes de otra época. Ninguno parecía sorprendido por la ausencia de raíles.
El último hombre llevaba la maleta verde de su padre.
—¿Es usted la jefa de estación? —preguntó.
Martina quiso explicar que la estación estaba clausurada, que su padre llevaba muerto once años y que aquel tren no podía existir. En cambio, buscó en el bolsillo la llave de la taquilla y respondió:
—Depende de adónde quieran ir.
