Una ciudad empieza siendo un plano ajeno. Sus calles poseen nombres, pero todavía no recuerdos. La habitamos de verdad cuando dejamos de elegir el camino más corto: cuando doblamos por la panadería que abre antes del amanecer o atravesamos una plaza porque allí alguien nos esperó una vez.

Los mapas digitales calculan eficiencia; nuestra memoria calcula intensidad. Para ella, cien metros pueden durar una infancia y una avenida entera desaparecer si nunca ocurrió nada importante en sus aceras. También existen zonas que evitamos. No figuran como fronteras, pero organizan nuestros desplazamientos con la precisión de una muralla.

Quizá por eso mudarse no consiste solamente en transportar objetos. Significa enseñar nuestros pasos a otra ciudad hasta que, poco a poco, deje de preguntarnos quiénes somos.