La primera noche pensé que era el viento. La pared se acercó unos centímetros y volvió a su sitio con un suspiro de yeso. A la tercera noche acompasé mi respiración a la suya.

Inspiraba: la habitación se encogía. Espiraba: recuperaba su tamaño. Coloqué una silla contra la pared. Al amanecer estaba aplastada.

Dejé de dormir allí, pero la respiración me siguió por el pasillo. Ahora toda la casa inhala. Las ventanas se curvan, las puertas gimen y el techo desciende lentamente.

Esta noche he contenido el aliento. La casa también. Llevamos horas esperando a ver quién respira primero.