La tienda aparecía los martes entre la relojería y el portal número nueve. El lunes no había allí más que una pared húmeda; el miércoles, una persiana sin dueño. Pero los martes, a las ocho, una mujer de guantes color tabaco sacaba un cartel: «Objetos perdidos antes de perderse».

Elías entró buscando un paraguas. Salió con una voz infantil guardada en una caja de fósforos. Al abrirla escuchó cómo se despedía de su madre en una estación que aún no conocía. Regresó para devolverla, pero la mujer negó con la cabeza: lo vendido no podía regresar; solo podía cambiar de destino.

Durante años evitó los trenes. Una mañana recibió una llamada del hospital. En el andén, mientras su madre agitaba la mano desde la ventanilla, Elías abrió la caja. Su propia voz dijo adiós con una serenidad que él no tenía. Comprendió entonces que la tienda no vendía recuerdos, sino el valor necesario para sobrevivirlos.