La primera vez que Julián desapareció nadie lo notó. Regaló un abrigo a un desconocido y, al día siguiente, la portera olvidó saludarlo. Entregó sus discos a una biblioteca y su nombre se borró de dos fotografías. No estableció la relación hasta que donó el reloj de su abuelo: su hermana lo llamó preguntando quién era.
Empezó entonces un inventario. Cada objeto poseía una cantidad distinta de existencia. Las cosas heredadas pesaban más; las compradas por impulso apenas sostenían una tarde. Conservó una taza desportillada, tres cartas y una piedra que había recogido junto al mar.
Cuando la ciudad dejó de reconocer su sombra, Julián comprendió que aún podía elegir la forma final de su ausencia. Metió los últimos objetos en una caja y escribió en la tapa la dirección de una mujer que llevaba veinte años intentando olvidarlo.
