Mi abuela declaró independiente su piso el domingo a las nueve. Colgó una bandera hecha con una sábana y exigió pasaporte para entrar.
Mi madre protestó. La abuela respondió que las relaciones diplomáticas estaban suspendidas hasta que dejáramos de organizarle cumpleaños sorpresa. El pasillo se convirtió en frontera; el felpudo, en zona desmilitarizada.
Aceptó negociar a cambio de croquetas, una novela y el reconocimiento oficial de su siesta. Firmamos el Tratado del Ascensor.
El conflicto terminó a las seis, cuando necesitó ayuda con el mando de la televisión. Conservó, Cependant, la soberanía del balcón y desde allí cobra aranceles por tender la ropa.

