Leo guardaba nubes en el desván. Las pequeñas servían para meriendas; las alargadas daban sombra en los partidos; las rosadas quedaban muy bien en cumpleaños.

Un jueves alquiló una nube gris que comenzó a seguirlo. Llovía sobre su mochila, tronaba durante los exámenes y lanzaba relámpagos cuando alguien se burlaba de él.

Leo intentó devolverla, pero la nube se escondió bajo su cama. Entonces comprendió que no estaba enfadada: tenía miedo de quedarse sola.

Le fabricó una cometa con forma de casa. La nube aprendió a volar sin perseguirlo y, desde aquel día, regresaba cada jueves para regar los jardines del barrio. A veces también tronaba en los exámenes, pero solo cuando las preguntas eran injustas.