Cuando cerraron la galería, las pinturas quedaron ocultas bajo telas grises. Eva apagó la última lámpara y la sala se llenó de una penumbra azul.

Tomás tenía polvo dorado en los dedos. Ella se lo quitó con el pulgar, lentamente, como si restaurara una superficie demasiado delicada. Ninguno habló. Llevaban meses trabajando frente a cuerpos pintados sin atreverse a mirar el cuerpo real del otro.

El sensor apagó la luz. En la oscuridad, la cercanía adquirió contorno: una respiración, el roce de una manga, una mano que preguntaba sin exigir respuesta.

Cuando la luz volvió, estaban a un paso de distancia. Eva sonrió y desconectó el sensor.