Él mojó la pluma y apoyó la punta entre sus omóplatos. La tinta estaba fría; la mano, no. Escribió despacio para que cada letra siguiera el movimiento de su respiración.
Ella intentó adivinar la frase por el recorrido: una curva junto a la columna, una pausa en la cintura, el temblor breve donde terminaba la palabra.
—¿Qué dice?
Él acercó los labios, pero no respondió. La tinta cambiaba a medida que se secaba. Bajo la luz, las letras se convertían en otra frase cada vez que ella inhalaba.
Más tarde, frente al espejo, solo pudo leer la última palabra. El resto permanecía escrito en un lugar al que la mirada no llegaba, pero la piel sí.
