El manuscrito llegó sin remitente. En la página cuarenta, una mujer moría en el hotel Aurora a las once y diecisiete. El editor miró el reloj: faltaban veinte minutos.

Llamó al hotel. La habitación descrita no existía. A las once y dieciocho, la policía confirmó el cadáver en la 407. Cada detalle coincidía, salvo uno: junto al cuerpo había un ejemplar corregido por él.

Revisó el manuscrito. Las páginas posteriores estaban en blanco. Mientras llamaba al inspector, apareció una frase en la cuarenta y uno: «El editor comprendió demasiado tarde que las correcciones también dejan huellas».

Alguien llamó a la puerta de su despacho con tres golpes perfectamente puntuados.