Para no molestar, Anselmo dejó de usar el ascensor, cocinó sin olores y aprendió a estornudar dentro de un cojín. Caminaba de puntillas incluso cuando estaba solo.
Los vecinos comenzaron a sospechar. Si nadie lo oía, quizá ocultaba algo. La presidenta organizó turnos de vigilancia. El del tercero instaló una cámara frente a su puerta. La del quinto creó un grupo llamado «¿Qué trama Anselmo?».
Una noche, Anselmo dejó caer una cuchara. En menos de un minuto llegaron bomberos, policía y diecisiete vecinos en pijama.
—Perdón por el ruido —dijo.
La comunidad votó por unanimidad obligarlo a celebrar una fiesta mensual. Desde entonces Anselmo es el vecino más ruidoso y todos duermen tranquilos.